Me desperté temprano, acostumbrado por la rutina, inmerso en un gran cansancio y una fuerte jaqueca. Si bien mis recuerdos de la trasnoche eran vagos me acordaba perfectamente de la chica recostada a mi lado. Me voltee y sentí una noche conciliada con éxito. Resalto a mis ojos particularmente el tatuaje que apreciaba en su torso desnudo. Al observarlo recordé el significado que me había dado de aquellas letras chinas, águila resplandeciente. De todas formas no escaparon a mi lectura su verdadero significado, daga fugaz, al conocer perfectamente la lengua mandarín gracias a unos cursos intensivos en un instituto importante de capital.
Diga lo que diga, era hermosa, esbelta, no con mucho busto pero hermosa al fin. Así fue que decidí empezar el día al ver desde la ventana de mi habitación lo que parecía como una bella mañana. Me acerque a la cocina esquivando envases y mugre por doquier para poner la pava en la hornalla y preparar unos mates.
Como calentar el agua requiere cierto tiempo, me prendí un cigarrillo y me fui al balcón a disfrutar del aire matinal. Ahí mismo y luego de unos instantes me doy cuenta del escándalo sónico a mi alrededor: los bomberos pasando, la tele que seguía prendida desde anoche y por último, el portazo. A fin de cuentas, no me iba a arruinar el día que se haya marchado sin saludarme.
El problema surgió cuando entro en razón de que en su fuga la muy perra se había llevado mi notebook. Me arrimé al balcón y la vi corriendo con mi computador en manos.
En mi intento de persecución baje lo mas rápido posible para encontrarme en la vereda con la mirada estupefacta del portero, quien dejó de limpiar la vereda luego de observarme. Tras un instante de duda, entro otra vez en razón al verme en pelotas por el espejo. Perturbado otra vez por la situación me di cuenta que no me encontraba en condiciones para salir a la búsqueda de una ladrona y mi ordenador portátil.